Letras

Juan Jacobo Bajarlía. Columnista invitado

Lautréamont, primera historia universal de la infancia

Por Juan Jacobo Bajarlía

 

“La poesía es, para mí, lo que puede airear el juego de vivir”.

Gonzalo Rojas

Cuando desembarcó en Marsella rumbo a París, en 1860, Isidore-Lucien Ducasse tenía 14 años. (Había nacido en Montevideo el 4 de abril de 1846). Llevaba un bolso y una valija. En la valija, tres libros. Uno en francés : Montevideo ou une nouvelle Troie
(1850), de Alejandro Dumas, novelista a quien luego despreciaría. Otro en castellano: Vidas y opiniones de los filósofos más ilustres, de Diógenes Laercio, en edición de 1835. El tercero era un texto de estudios preparatorios.

Rebelión y Enigma.
Al morir repentinamente el 24 de noviembre de 1870 (a las 8 de la mañana, en el número 7 de la Rue du Faubourg Montmartre), convertido ya en el conde de Lautréamont, Ducasse tenía 24 años. El libro de Dumas ya no existía. Es posible que lo hubiera utilizado como combustible en el invierno parisiense.
El de Diógenes Laercio, junto a su cabecera, reunido acaso por el azar, estaba abierto en la vida de Heráclito, allí donde aquél afirmaba que el filósofo se alimentaba de hierbas y que cansado de su hidropesía había pedido que lo cubrieran de estiércol (lib. IX, Heráclito 3).
Los libros llenaban la habitación. Cubrían las paredes y el piso. Sobre un piano desvencijado que le servía para acordar el ritmo de su prosa, había un ejemplar de Les chants de Maldoror con una página doblada. En esa página, la imagen del viejo Cronos interfería con la del Creador : “Devoró en seguida la cabeza. Luego las piernas y los brazos. Por último, el tronco hasta diluirlo porque trituraba sus huesos. Y así continuamente durante todas las horas de su eternidad” (c. II, 8).
Sesenta años después, los surrealistas hablarían del azar objetivo, y Víctor Brauner, obliterándose un ojo en sus autorretratos, anticiparía su propia destrucción (aunque no total) como en el caso de Lautréamont.

La historia incierta de ese niño que según Robert Desnos habría tomado su seudónimo de la novela Lautréamont (1838) de Eugenio Sue, se reducía a unos cuantos datos : sus estudios en los liceos de Tarbes y Pau, su paso fugaz por un Politécnico, su aplicación desastrosa (un mal alumno) y su contacto con algunos jóvenes de avanzada, en París, mientras vivía en pensiones de mala muerte, perseguido siempre por la tristeza y el hambre.
Y a todo eso un dato más : su nacimiento en la calle Cumacuá, insigne por la prostitución que luego invocaría para destruir al hombre en los Cantos de Maldoror.
Paul Lespés, su condiscípulo en el Liceo Pau, en 1864, lo describe como un hombre alto, pálido, silencioso, amigo de plantear problemas abstractos, irritado a veces sin motivo alguno (enfin l’irritation qu’il manifestait parfois sans motif serieux), actitudes que lo obligaban a creer que su cerebro carecía de ponderación (son cerveau manquait d’équilibre). De tales rarezas tomó nota Francois Alicot (Mercure de France, I “/I/1928). Estaba más allá del bien y el mal (á partir de Ducasse, n’a plus un envers et un endroit) dirá mucho antes André Breton en Les pas perdus (1924).
Su descubridor será León Bloy, quién lo hará en Le desesperé (1886) y luego en Le cabanon de Promethée (La Plume, 1°/IX/1890) donde expresará que ha descubierto al “gran poeta” en un “hospital de alienados”. Tampoco se sabe cómo murió. Sus padres afirmaron que fue asesinado probablemente por sus propios compañeros de ideas avanzadas. Para otros fue un suicidio. O la propia fulminación de ese Creador contra el que había manejado los símbolos de Maldoror.

La blasfemia y la poesía.

Lautréamont nació en pleno sitio de Montevideo (la nouvelle Troie) que se prolongó de 1843 a 1851, cuando las tropas de Rosas y Oribe sometían al hambre a los uruguayos, donde a su vez, la Legión Francesa constituía una de las columnas que defendían la ciudad.
En ella combatió Juan Davezac, tío de Lautréamont, y no sería extraño que éste relatara el suplicio, a manos de los sitiadores, de Mirquete y Echeverry, desnudados, lanceados, paseados y, luego, atravesados de lado a lado para extraerles el corazón y las entrañas.
La conducta y la leyenda, las pesadillas, instauraron el pensamiento del niño Isidore-Lucien. Se concretó con las atrocidades inventadas por Alejandro Dumas, recibidas de Melchor Pacheco y Obes (asesinatos, emboscadas, decapitaciones, la niña Manuelita Rosas encaramada y espoleando el cuerpo desnudo de Eusebio de la Santa Federación, o el embudo en la boca de Camila O’Gorman para bautizar al niño que llevaba en su vientre).
Cuando publicó en 1868 el canto I de Les chants de Maldoror, y en 1869 el texto íntegro (6 cantos), había trazado ya la primera historia universal de la infamia. Por eso dirá, lleno de sadismo, que “Me he propuesto el ataque del hombre y de Aquél que lo creó”(VI, 1).
O bien: “Mi poesía tiene un fin: atacar por todos los medios al hombre, esa bestia salvaje, y al Creador que no debería haber engendrado semejante carroña” (II, 4). Y esperando el ataque a sus blasfemias, se reafirmará con esta expresión: “no me retractaré de mis palabras” (VI, 1).
Por encima de ese desprecio del hombre, Lautréamont había fundado la invención poética al describir al transeúnte abstracto de la calle Colbert, tan “bello (…) como el encuentro fortuito de una máquina de coser y de un paraguas sobre una mesa de disección” (VI, 3).
En 1870, al publicar sus Poésies (2 fascículos de 16 páginas, Poésies I Poésies II), dejará constancia contra el lloriqueo y la tristeza (reacción contra su propia vida), hablará de la razón como medida de la poesía y nos dirá definitivamente que “La poesía debe ser hecha por todos. No por uno” (Poésies, II), para terminar con las “grandes cabezas fofas” del siglo, como Chateaubriand, el Mohicano Melancólico, Edgar Poe, el Mameluco de los Sueños de Alcohol, Théophile Gautier, el In-comparable Despensero, Goethe, el Suicida para llorar, Sainte-Beuve, el Suicida para reir, Víctor Hugo, la Fúnebre Estaca Verde, Byron, el Hipopótamo de las Selvas Infernales (Poésies, I). Y otros que también llevan sus calificativos. Porque, en definitiva, “La poesía debe tener por objeto la verdad práctica. Enuncia las relaciones que existen entre los primeros principios y las verdades secundarias de la vida” (Poésies, II).
Lautréamont, como en un sueño precognitivo de Borges, había fundado con su vida y su escritura, la primera historia universal de la infamia. La historia que ya instauraba el irreversible tiempo del desprecio. Después de él, a pesar de los años transcurridos, se cumplirían los sangrientos vaticinios de su espeluznante escritura : atacar al hombre, que a su juicio era la “carroña” que ennegrecía el mundo. Por algo, en el título de su obra, está Maldoror, el Maligno que todo lo destruye.

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