Artes visuales

JUAN DOFFO, ENTRE EL ESPACIO Y LA CONCIENCIA

Por ADRIANA LAURENZI

La obra de Juan Doffo es la síntesis de dos experiencias fundamentales, la naturaleza, la geografía de su pueblo natal, Mechita y la cultura, el espacio que desde los libros, las imágenes, el cine, la música, el arte y los artistas que están en la historia del arte como en las expresiones contemporáneas.
La primera es la pertenencia a una geografía que forma parte de su propia historia; la infancia y juventud en el pueblo bonaerense de Mechita, donde nació en 1948, es el espacio de la pampa, es el horizonte infinito de la llanura sin relieves, un plano de tierra tan largo y ancho como el mar y el otro es el espacio de la conciencia, aquel que sobre la base de ese espacio vital grabado a fuego y para siempre se funde al otro, al de la cultura, al deseo de conocer, a las obras maestras que forman parte de nuestro acervo cultural y especialmente a la cultura grecolatina y a la herencia de su propia familia de origen italiano.

¿Es posible definirse desde este espacio, ligado a tantas influencias como las que hoy nos llegan del resto del mundo?. La obra de Juan nos demuestra que sí, que como diría Jorge Luis Borges nadie escribió el original, todo en realidad es reescritura.
¿Podemos perdernos en la apropiación de tantas otras experiencias?. Pocas veces es tan apropiado el refrán que dice “cuenta tu aldea y contarás el mundo” . Juan desarrolla su obra compartiendo el tiempo entre su taller en Palermo y el de su casa en Mechita.

Su obra es un ritornello que transita desde el cuadro de caballete en acrílico, la instalación, la fotografía y el video, para preguntarse una y otra vez el problema de la realidad y la ilusión, el orden humano y el destino, el camino como sentido a la existencia.

El deseo del hombre y su lucha por ser frente al espacio romántico y terrible de la pampa que desde su extensión parece devorarse todo y empequeñecer a quien frente a inconmensurable extensión se le enfrente.
Desde la imagen Doffo retoma la terrible acusación que Nietzsche hace a la cultura: la ausencia de sentido, la pérdida que ha experimentado el hombre tanto de Dios como de la metafísica, una pérdida de sentido que ha suplido con un obstinado espíritu constructivo.
La vida deviene entonces en la lucha entre el espacio vital e indómito de la llanura y la empecinada construcción del hombre, la aplicación de leyes y esquemas matemáticos y lógicos con los que el ser humano pretende crear un orden y un sentido.

El leitmotiv de su obra es el espacio , el espacio como paisaje pero un paisaje que comienza en la conciencia.
Lo curioso es que su obra parece demostrar que el paisaje, como la realidad, es una construcción de la conciencia que lo piensa.
Al enfrentarnos a los macro espacios de sus pinturas, generalmente nocturnos, sentimos que estamos ante un espacio imaginario, pero Doffo lleva sus alquímicas imágenes realizadas en acrílico a la fotografía y es allí cuando se revela y confirma que el espacio es una realidad de la conciencia. No hay figura humana, pero está prefigurada en la construcción.
En La cámara lúcida Roland Barthes, al definir la fotografía, habla de la fatalidad del referente, ya que no hay foto sin algo o alguien, porque una foto es siempre invisible , no es ella a quien vemos, sino al objeto o a la persona fotografiada.
En la muestra llevada a cabo en el Centro Cultural Recoleta en el año 2003, Doffo expuso una serie de fotografías realizadas en toma directa en su pueblo Mechita y aunque dicha serie fue el resultado de un trabajo de cinco años la toma directa es justamente una fotografía sin trucos, encaja en la definición de Barhes, es decir, la foto es la realidad, pero en cada una de ellas descubrimos llevado a otra técnica una continuidad increíble de dichas imágenes con sus pinturas, los mismos espacios infinitos, las lucecitas encendidas en la oscuridad de la noche o de los atardeceres, la misma belleza de un orden vandálico hecho en este caso con mojones de fuego, reflejos de planos de agua que remiten a los reflejos logrados con el pincel.
El espacio ha sido redefinido desde la filosofía fenomenológica por pensadores como Merleau Ponty quien en su obra Fenomenología de la percepción (1945) indaga en la relación prerreflexiva entre el sujeto y el mundo, la cual se pone de manifiesto tanto en el comportamiento, como en las formas de representación.
El espacio con el que pensamos, es el espacio que hemos ido configurando a través de nuestras primeras experiencias, en la infancia y están fuera de una razón ordenadora. Por ejemplo, el concepto del espacio que tiene un niño que nació y se crió en el micro-centro porteño donde el cielo está siempre recortado por torres de oficinas y edificios de viviendas que obstaculizan la visión del horizonte y del cielo es claramente distante a la que tiene un niño de la pampa donde el brillo de las estrellas es una luz potente frente a la oscuridad de la noche sin luces eléctricas, donde el horizonte y la extensión de la planicie de la llanura son una presencia constante.
Gastón Bachelard, en su obra La poética del espacio (1957), analiza de qué manera juega la imaginación en la construcción del espacio, de la misma manera que la memoria interviene constantemente en la percepción.
Bachelard habla de casa materna como un espacio que nos alberga, donde la imaginación construye tanto la realidad como la virtualidad en el pensamiento.
Doffo sitúa en medio de sus espacios una imagen recurrente, la palangana que utilizaba en Mechita para bañarse en su niñez. En su obra ese centro hueco de la tina de lata aparece una y otra vez, tanto en la pintura como en la tierra que utiliza en algunas instalaciones.
Dentro de sus grandes espacios el camino es una dirección marcada en la tierra.
El camino es también una imagen recurrente ya que como recorrido, es el transitar de la existencia, un road movie, en el cine, una constante elección que cada uno hace en su existencia para realizar la esencia en cada decisión.

El otro gran leitmotiv es la alquimia ( del árabe, piedra filosofal), la ciencia-magia que ansiaban los sabios para convertir un carbón en oro, para transformar. La alquimia es en sí la gran metáfora del deseo humano de trascender, de transformar, de apresar el universo, de alcanzar lo inasible.
El hombre construye universos en los que muchas veces queda atrapado, como en una red. Los espacios azules de Doffo parecen encerrados en redes de luces simétricas y modularmente organizadas. En algunos casos aparecen números como en las fórmulas alquímicas de los sabios del Renacimiento, pero la pasión y la vida constantemente escapan a las medidas impuestas.
La alquimia es también correspondencia, como en el pensamiento cabalístico entre lo macro y lo microcósmico.
Como Borges en El Aleph , Doffo encuentra un punto en el espacio, la tina de baño de Mechita desde donde puede alcanzar todo el universo, una macro-estructura que corona la bóveda celeste con la imagen monumental de la bóveda del Partenón romano, construído con ladrillos como toda la arquitectura de los pueblos bonaerenses.
Así, en el espacio de la naturaleza, la pampa argentina, alberga un pequeño pueblito, desde la conciencia del espacio pasa a ser el centro de un mundo. Se sintetiza con la cultura grecorromana, la génesis de nuestros valores.
Un punto, una palangana, como el Aleph del cuento borgeano, desde el que podemos ver el mundo.
Si el Land- art noerteamericano llevó la estética de las salas de exposiciones y museos al escenario de la misma naturaleza, creo que los espacios de la llanura pampeana fotografiados por Doffo desde tomas en avionetas y luego trasladados tanto a la tela como a instalaciones o fotografías logran mayor altura poética porque contienen siempre esa relación romántica entre lo pequeño y lo inconmensurable, la cultura y la naturaleza en nuestra geografía.
Ligado a la alquimia está su recurrente alusión al fuego, a esa extraña sustancia , como la llamaba Borges y que en las imágenes de Doffo ocupa el lugar de la figura humana. En la serie de fotografías tomadas en Mechita en forma de círculos concéntricos, mojones de fuego fueron elegidos por la gente que se paró delante de su fuego.
La vida al fin y al cabo no es más que tiempo y el tiempo de nuestra vida es un fuego que se alimenta de la energía de la que estamos hechos.
La luz que irradiamos es esa energía que se va quemando en cada acto, en cada acción, pero que permanecerá cuando se consuma, si hemos llegado a formar parte de la memoria de otro, si el fuego se transforma alquímicamente en metáfora.

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