Letras

Antonio Gamoneda

“Yo quedé “afortunadamente” condenado a ser poeta”

Por LUIS RAÚL CALVO

Tenemos el honor  de publicar esta entrevista exclusiva que el maestro, el gran poeta español Antonio Gamoneda, concediera a Generación Abierta hace escasos meses. De la misma surgen profundas y sabias reflexiones del autor sobre su vida, la poesía y el complejo mundo que nos toca vivir.

G.A.: – ¿De qué modo influyó en tu posterior acercamiento a la poesía que tu padre también hubiese transitado el mismo camino?
A.G.
:- En modo primario pero definitivo. Se había iniciado la Guerra civil (1936) y yo quería aprender a leer. Las escuelas estaban cerradas. El único libro que había en mi casa de León era Otra más alta vida, un libro de poesía cuyo autor era mi padre, muerto en 1932. El libro se había publicado en 1919 y, ahora me doy cuenta, llevaba consigo, independiente de la “voz” ciertamente personal del autor, una, también cierta, influencia de Rubén Darío.
Yo, que tenía entonces cinco años, preguntando con obstinación infantil a mi madre y cualquier persona que tuviese a mi alcance, aprendí a leer en aquel libro. Esto fue causa de que, simultáneamente, se diesen a mí el conocimiento de la escritura y el de la poesía.
En los niños todo es descubrimiento y hacen de él un hecho natural. Y así, con naturalidad, penetró en mí el lenguaje poético (que yo advertía distinto del habitual y coloquial) y una sensibilización a la música de la palabra (métrica, rítmica, rima), que yo hice mía también con naturalidad.
Creo que fue así como, aunque tardase diez años en escribir mi primer poema, posterior a abundante lectura de poesía, yo quedé afortunadamente “condenado” a ser poeta. Creo que, tanto en el orden esencial como en el formal, el libro de mi padre no influyó en mi escritura. Me emocionaba, pero ya eran otros tiempos y mi pensamiento y mis convicciones eran también otros.

G.A.: – ¿Qué recuerdos-al margen del horror- tenés  de la guerra y de la postguerra? ¿De qué modo creés que repercutieron en tu escritura?
A.G.:
– No tengo duda de que la guerra española y la represión que persistió en la posguerra marcaron para siempre mi conciencia civil y poética. Vi  muchas cosas horribles, oía los gritos de las mujeres cuando iban, en horas de madrugada, a sacar de casa a sus hombres para matarlos… A esto se acumulaba el sentimiento de  orfandad que, de alguna manera, imprudente quizá  en su inocencia, mi madre cultivaba en mí. La presencia de la muerte, la noción de que la muerte es mi (nuestro) único destino, se apoderó para siempre de mi pensamiento. Aún me posee, con dolorosa perplejidad, la idea fija de que la vida es un extraño accidente: ir de la inexistencia a la inexistencia. ¿Para qué? Por fortuna, con  esta extrañeza y sus dolorosos contenidos, también se hacen, presentes e innegables,  valores como la amistad, la solidaridad, el amor…, es decir, la realidad y la cercanía de otros seres humanos. Estas presencias me ayudan en mi aprendizaje de la vejez. Dentro de la perplejidad  existencial, hacen más soportable la cercanía de la muerte.

G.A.: – Tu madre ocupó un lugar muy importante en tu vida, eso se trasunta en tu poética…
A.G.:
– Sí, así es. Sin perjuicio del sufrimiento que proyectó sobre mí, derivado de la desaparición de mi padre, su amor y mi amor se correspondían y llenaban nuestra vida. Más tarde, entrado ya en años de juventud, mi necesidad, íntima y también práctica, de mantenerla “tristemente feliz” (creo que esta aparentemente contradictoria expresión no será  ininteligible) me proporcionaba, siempre dentro de la perplejidad existencial, algo que tenía el valor de un sentido aplicable  al hecho de vivir. Luego, sin merma hasta su muerte de este sentido, otros seres y otros valores (mi mujer, mis hijas) vinieron a ayudarme frente al “sinsentido” vivencial. Ahora, también sin merma del amor que estos seres y estas ayudas han traído a mi vida (con su aportación también de particulares sufrimientos, como ocurría en el caso de mi madre), es mi nieta, Cecilia, a la que he dedicado un libro, quien hace disminuir más en mí el miedo a la muerte. Me siento vivir en ella, siento que voy a permanecer en ella.

G.A: – ¿Quiénes fueron tus referentes en poesía? ¿Quiénes dejaron marca en vos y por qué motivos?
A.G.:
– Muchos. Quizá, principalmente, porque su poesía representa, con especial fuerza, mi propia actitud; porque intensifican e iluminan mi conciencia frente a la muerte y frente a la injusticia. Muchos. Trataré de identificar sólo algunos de esos referentes: la Biblia (con abstracción de su componente religioso; yo soy agnóstico), determinadas letras jazzísticas (el gospel, con frecuencia), César Vallejo, Nazim Hitmet… En otro sentido, quizá de orden formal, otra vez muchos referentes: Góngora, García Lorca, Mallarmé. Saint-John Perse… También- aunque no sepa por qué, quizá sólo por su grandeza-  Rimbaud, el temible Rimbaud. Sí, pesa sobre mí mucha poesía. Yo distingo, con profundo convencimiento, la poesía de la literatura, aunque sea buena literatura. La poesía procede de la vida, de esta vida incomprensible; la literatura es mayoritariamente ficción. No es lo mismo. Pero entiéndaseme bien: la poesía, que  no es un género, puede aparecer, como un relámpago inesperado, dentro de cualquier género.

G.A.: – ¿Te considerás-no sólo por edad- un poeta de la Generación del 50?  Si es así, ¿qué criterios, ideales, etc compartís  de dicha generación? Si no es así, ¿en qué generación poética te sentís incluido y por qué ?
A.G.:
– No, porque no es posible. La llamada Generación del 50, mantenida como tal por críticos y profesores dado que les simplifica la tarea, no existe. Poetas verdaderamente grandes que fueron y  siguen siendo  incluidos en ella –Valente o Claudio Rodríguez, por ejemplo–, la negaron. Su poética no tenía nada que ver con la que se atribuye a la pretendida generación. Quien fue considerado su representante principal, Gil de Biedma, muy inteligente pero que no me interesa como poeta, confesó en una entrevista que le hizo Jesús Fernández Palacios, que había sido una operación de “marketing”. En cuanto a mí, ni me han colocado en ella  ni he hecho nada por estar en tal fantasmagoría ni en ninguna agrupación. Yo soy un poeta solo y provinciano, muy mal visto por los continuadores de la tal pretendida generación, los poetas  realistas –minirrealistas, digo yo, a veces, con ironía– conocidos como poetas “de la experiencia”. En una palabra: no creo que exista, con posterioridad a la Guerra civil,  un conjunto al que podamos contemplar como una generación. Está claro, pues: yo no pertenezco ni puedo pertenecer a una generación. Escribí, en los muy primeros años 60, un libro, Blues castellano, que no publiqué hasta 1982, que conlleva , creo, alguna cercanía, pero nunca identificación con la poética que, irresponsablemente, se supone en los miembros más o menos “canónicos” de la inexistente generación.

G.A.: – ¿Cómo nace el poema en Antonio Gamoneda? ¿Surge naturalmente, producto tal vez de un disparador que promueve el acto creador o, por el contrario, tiene más que ver con el oficio diario de escribir?
A.G.:
– Poeta es aquel humano que tiene un polígono cerebral capaz de pensar –de crear un lenguaje interior– rítmico (los científicos hablan de una zonificación cerebral y  atribuyen a cada polígono funciones específicas). El poeta ha de trabajar, ha de crear una tensión intelectual asociada a esa rítmica que implica a la sensibilidad, a la real y física sensibilidad corporal (Eliot dijo que “poesía era aprehensión sensible del pensamiento”). Pues eso intento yo: crear en mí, ante la hoja en blanco, esa tensión  en la que se inocula la rítmica. La rítmica, fíjate bien, la rítmica que  depara las signi-ficaciones, quizá imprevistas por el poeta; porque el poeta no sabe; no sabe lo que sabe  hasta que no se lo dicen sus propias palabras ya escritas.  Juan de Yepes, es decir, San Juan de la Cruz, nos habla insuperablemente de un no saber sabiendo. Esa es mi fe poética y mi actitud frente a la escritura de creación. No se trata de hermetismo, y menos de “irracionalismo”, como algunos teóricos pretenden.

G.A.: – ¿Hay alguno de tus  libros por el cual sentís  alguna predilección sobre el resto ? ¿Por qué motivos?
A.G.:
– No; predilección, propiamente dicha, no. Sí sé que mi libro Descripción de la mentira, fue determinante, en 1976, cuando, muerto el dictador, yo vuelvo a escribir (antes, modestamente, no fui un héroe;  yo estaba –no menos de veinte años, en los que apenas escribí– constreñido al pensamiento y la acción clandestina de la resistencia). Cuando, como dije, murió el dictador y  vuelvo a escribir, se dio en mí, sin deliberación, una manera distinta de posesión –posesión recíproca– de la poesía. Un día, paseando por el soto de un pueblo, Boñar, a la orilla del río, “se me aparecieron”, (yo no las busqué,) unas palabras, un periodo rítmico: “El óxido se posó en mi lengua como el sabor de una desaparición”. Era el primer versículo de Descripción de la mentira, libro que decidió, para bien o para mal, el carácter de mi producción poética posterior.

G.A.: – Tu poética refleja muy bien el dolor ante un mundo deshumanizado, injusto. Algunos críticos, -en líneas generales, no en particular por tu poesía- tildan de cierto pesimismo este modo de concebir  la realidad. ¿Cuál es tu opinión al respecto?
A.G.:
– Yo entiendo que esta contemplación poética de nuestro mundo injusto, en la que me incluyo, no es pesimista, sino  realista. Realista en modo muy distinto del realismo que otros practican. Además, considero inmoral ignorar la injusticia. ¿O no? Dice el filósofo José Luis Pardo que “el poder de la palabra (poética) para deshacer los significados establecidos, es un poder subversivo y liberador”. Coincido en todo con Pardo. El realismo de la palabra convencional puede ser muy útil en los mítines, en los manifiestos, pero en poesía, después de haberse dado el Renacimiento, el Barroco, el Simbolismo, las vanguardias del primer tercio del siglo XX, ese realismo convencional es regresivo y hasta reaccionario, incluso aunque esté cargado de buenas intenciones y lleve consigo una temática orientada a la denuncia de la injusticia.

G.A.: – En relación a la pregunta anterior ¿cómo avizorás el mundo del futuro?
A.G.:
–  Si las poderosas tecnologías de la comunicación (la televisión,  por poner un solo ejemplo actual) no aniquilan la capacidad receptiva de los humanos en orden a la palabra en función estética, la poesía, al menos a medio plazo –digamos 20 o 30 años–ha de comportarse de la manera que Pardo dice. No cambiará el mundo, pero intensificará algunas conciencias. Algo es algo. No nos engañemos; incluso las  democracias son, únicamente, un mal menor. No son otra cosa que la máscara sonriente del capitalismo, y el capitalismo va a prevalecer sobre los socialismos, vaciados, como están, de ideología y de praxis. El consumismo ha sustituido a las ideologías. Los países pobres y  subdesarrollados, únicos que verdaderamente querrían suscitar una acción revolucionaria, son, además de pobres,  impotentes frente a la fuerza bélica y económica de los países planetariamente dominantes. Lamento decir esto pero así es.

G.A.: – Si bien recibiste varios premios literarios importantes ¿Qué representó a nivel personal haber recibido el Premio Cervantes en el año 2006?
A.G.:
–  Sí, el Cervantes, claro, y otros (el Nacional, el Prix Européen de Littérature o el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, por ejemplo); pues los recibí con gratitud pero sin conmocionarme. Yo sabía que mi poesía no era mejor que la del día anterior al de la concesión del premio. En el orden práctico y creativo, creo que me han perjudicado: han traído demasiados viajes, demasiados compromisos protocolarios. Yo lo que necesito es mi casa, mi mesa, mi hoja en blanco.

G.A.: – ¿Cómo ves el panorama de la poesía en España y en los países de lengua española? ¿Qué estéticas predominan a tu  entender?
A.G.:
– En los jóvenes poetas españoles,  estoy advirtiendo un afortunado aburrimiento de ese “minirrealismo” de que antes le hablaba. Poetas como Juan Carlos Mestre (53 años) o Enrique Falcón (43 años), seriamente ideologizados y combativos, y otros más jóvenes, se orientan a una poesía abierta, imprevisible, creadora y reveladora, ajena al lenguaje académico, que es el lenguaje del poder. Pero tenemos a la espalda tres cuartos de siglo en los que, salvo cuatro o cinco grandes excepciones, la poesía aparece fracasada como tal. Prácticamente toda la poesía  de carácter social es, y bien que lo lamento, nula poéticamente. Hay que llamarse Bertold Brecht o Nazim Hitmet o César Vallejo para que la poesía explícitamente social sea poesía. A su vez, en España, la poesía que era tan sólo palabra apacible ornamentada (ésta era la favorecida por el régimen de la dictadura), suponía, además del fracaso poético, una clara inmoralidad. La poesía no cambiará el mundo, ya lo he dicho (Jean Paul Sartre afirmaba que “siendo la poesía irremediablemente subjetiva, poco tiene que hacer frente a las estructuras y poderes objetivos”), pero yo tengo puesta alguna esperanza, ya aludida, en el inconformismo que parece está generándose en los jóvenes. Extrañamente, en España y desde hace al menos cuarenta años, la poesía más ampliamente sólida se da en lengua gallega, venturosamente cercana a la excelente poesía portuguesa y brasileira.
En cuanto a los países americanos de lengua española, tengo que lamentar la enorme y probablemente recíproca ignorancia que padecemos y  que no es creada por la distancia ni por el Océano, sino por la carestía editorial. Conocemos  las grandes excepciones (Lezama, Olga Orozco, Juan Gelman, Eielson,  Westphalen, Gonzalo Rojas, Nicanor Parra… No es ésta que hago una relación meditada ni completa, no pasa de ser una memorización repentina), pero desconocemos a esa gran mayoría de jóvenes (yo digo jóvenes a los que aún no tienen 70 años) en  la que han de darse grandísimos poetas. En términos generales, yo creo que en los países hispanoamericanos, ha existido y existe  una mayor apertura a la poesía creadora, no al rupturismo trivial, y  sí al hecho de estar “en la punta”, en el extremo “delantero”, en el que supone progreso  de la tradición. A este cumplimiento no cabe aplicarle clasificación estética, ya que, estética y formalmente, puede ser perfectamente diverso; y creo que también  en América,  está en vigencia una permeabilidad mayor que en España, a la comprensión de que la poesía es “otro” lenguaje, un lenguaje capaz de hablar de lo que no existía y se desconocía (aquí el “no saber sabiendo” de Juan de Yepes),  de las imposibilidades objetivas, que la poesía convierte en realidades subjetivas, intelectuales, estéticas,  emocionales y morales. Que así sea  y que la poesía americana, tan grande y cierta desde el nauatl o desde el Popol –Vuh, ( por poner sólo dos altos ejemplos), permanezca, viva, con vosotros.

G.A.: – ¿Podrá sobrevivir la poesía en este siglo XXI?
A,G.:
– La poesía, en este siglo XXI, sobrevivirá. Minoritaria, pero sobrevivirá.

 

Aquellos Cálices
¿Quién habla aún al corazón abrasado cuando la cobardía ha
puesto nombre a todas las cosas?

Silba el adverbio del pasado. El cobre silba en huesos juveniles,
pero es el día del invierno. Alguien prepara grandes sábanas

y restablece la oquedad. Sólo hay sustancia azul
de desaparecidos.

Aquellos gritos. Y las banderas sobre nosotros.

Ah las banderas. Y los balcones incesantes: hierros entre la luz,
hierros más altos que la melancolía, nuestro alimento.

Cae

la máscara de Dios: no había rostro.

¿Quién habla aún al corazón amarillo?

 

(Del libro “GRAVESTONES Lápidas”,
University of New Orleans Publishing, Estados Unidos, 2009)

 

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