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Reflexiones sobre nuestro folclore

Por FABIO JAVIER GOMEZ

El folclore nuestro no ha sido, ni mucho menos, el producto de una fusión cultural, sino el resultado de la imposición, tanto en la Argentina como en toda la América, de las danzas europeas. Adonde el invasor no llegó con las armas o lo hizo débilmente, debido a resistencias armadas locales o a la pobreza de su aporte cultural, se mantuvieron durante siglos los cantos y danzas nativas, como el huayno, el carnavalito, la vidala, la baguala. Todas o la mayoría de las demás formas de calle fueron más que nada una reinterpretación por parte de americanos y criollos de la temática popular española. El ingenio del hombre argentino hizo que por derivación se inventaran infinidad de compases y modalidades rítmicas tomadas conscientemente o inconscientemente del acervo musical de filiación incaica: por ejemplo el ritmo de escondido, gato, chacarera, remedio, malambo, es como generalidad, una variante del carnaval que aún persiste en Bolivia y que en la Argentina ha adquirido otros ribetes insospechados.
La copla, popular en España, ha persistido en las letras, con entonación local, con organización de versos según el orden musical lo requiere; la copla ha sido el fundamento literario de nuestro folclore cantado o recitado. Verbigracia el gato cordobés es una especie peculiar que demuestra la pericia del o los letristas para adaptar las estrofas a la coreografía de la danza. Comienza con una sextina octosilábica, sigue con una cuarteta en que se alternan versos de cinco y siete sílabas, y termina con un pareado octosilábico; antes del final de la primera parte se repiten el cuarteto y el pareado, se hace una pausa en que comúnmente se recita una “relación”, y se entra en la Segunda que es idéntica en estructura a la Primera.
Es de suponer que ya existía algún tipo de guitarra en América, antes del primer desembarco español, del género del charango. La complejidad de los rasguidos existentes presupone un caudal sonoro que el español simplemente no trajo, porque carece de ellos en su concepción del compás y hasta a veces en la manera de tomar el instrumento. Lo que con alguna razón negaría la hipótesis de que la cultura central o periférica de los Incas haya desarrollado un tipo de guitarra, es el que se haya trasladado la forma de rasguear al instrumento que el español usaba para acompañar sus cantos. Lo que sin duda fue un acontecimiento decisivo de nuestra música, lo que la alejó de los ecos andinos cuyas sonoridades recuerdan algunas del Lejano Oriente, lo que la incluyó parcialmente en una pseudo modalidad occidental, fue el paso de la escala diatónica europea; pero se conservaron métodos para armonizar, netamente locales, que le dan una atmósfera característica; incluso en los huaynos, carnavalitos y vidalas recientes hay fluctuaciones o alternancias acabadas entre las dos escalas.
Existe un curiosísimo fenómeno de “encastre” de compases ternarios dentro de la concepción cuaternaria del ritmo de los Incas, que he observado en cantos arcaicos guaraníes. El grupo ternario, sincopado de una u otra manera determinada, da nacimiento a infinidad de ritmos con personalidad, cómo por ejemplo el chamamé -lo que explica la identidad prehispánica de esta especie interpretada con instrumentos de jesuitas y polacos inmigrantes-. Esta inclusión de la estructura ternaria dentro de otra mayor, cuaternaria- imaginemos un compasillo expresado por tresillos, por dos compases ligados de 6/8 ó 3/4- explica la cadencia propia de la música argentina; hasta las zambas, nacidas de la zamacueca andina, registran este modelo de ideación musical. Donde se nota con mayor evidencia el aprovechamiento cabal de esta posibilidad del pensamiento sonoro de los Incas es en el ritmo llamado “trunco”, utilizado especialmente en la provincia de Santiago del Estero para componer chacareras simples y dobles, y para enriquecer la esencia de las demás formas del género criollo. El ritmo trunco se expresa en una agrupación de dos compases de 3/4 con una sincopa diferente en cada uno de ellos. Este módulo sirve para “armar” toda la obra, y posee, indudablemente, atrayentes prerrogativas de explotación compositiva.
Algo que el lector seguramente conoce: folclore es el bagaje de piezas de autor anónimo, conocidas por pasar oralmente, de generación en generación, o por obra de recopiladores. Todas ellas sin excepción se van “retocando” hasta adquirir su forma definitiva, por la cual las conocemos. En cambio, todas aquellas de autor conocido, por más tradicionales que parezcan, constituyen una proyección del folclore, una manera personalizada de comprender nuestra cultura autóctona. Demás está decir que lo folclórico propiamente dicho hoy día casi no se interpreta en las peñas, fogones y festivales y que existe una lamentable confusión a este respecto.
Un aspecto al parecer lejano, pero que no debe dejarse de lado al tomar el tema del folclore -pensando ahora universalmente-, es que algunos motivos populares africanos interpretados en escala diatónica- y un tipo peculiar de pentatónica con notas de pasaje-, fusionados con música campestre norteamericana, dieron nacimiento al rock. Lo que equivale a decir que en la Argentina estamos sintiendo la fuerte invasión de otros folclores hábilmente estilizados para la comercialización. Incluso han tomado formas de adaptación locales que pretenden mezclarse con lo auténticamente nacional. Probablemente el sustrato de innegable influencia incaica ha sido virtualmente aplastado por el negocio del rock.
Difundir lo verdaderamente nativo es promover una fuente de ingresos para el país, ya que en el extranjero los ritmos argentinos son recibidos con atención y beneplácito. Es de desear, además, que una sociedad como la nuestra, contaminada por la frivolidad extranjerizante que no es sino la negación de lo universal, adquiera definitivamente la forma de la búsqueda de su propia idiosincrasia moral y nacional. Es probable que los países aventajados tecnológicamente aporten algunas metodologías para el enfoque antropológico, musical y literario, pero la conciencia estará ante todo en el enriquecimiento y desarrollo de lo propio. Y en caso de surgir dudas en el camino de la investigación armónica y poética, se recomendará siempre recurrir a las fuentes: a las chacareras sin dueño, criadas en las entrañas de los mismos montes norteños; a los cantos mapuches, a los complejos ritmos guaraníes.

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