Mario Morales, un Poeta
Por ALBERTO BOCO*
Sobre los animales
Hoy en un mundo del que se dice que el futuro ya llegó, que la tecnología viene amagando que puede pensar, crear y un montón de cosas más, aunque mientras tanto (o para que las cosas sean como son) siga habiendo guerras y sus concomitantes masacres, vemos que hay palabras y términos que alumbran significaciones nuevas; bienvenidos sean estos nuevos significados o en todo caso resignificaciones. Pero hay ciertos fenómenos que a caballo de estas novedades ponen de relieve hechos y sentidos acaso extra-ños. Me refiero al sentido de la palabra “autopercibirse” y no voy a extenderme que para eso está el diccionario de la RAE, el omnisciente google y la tupida fronda de wikipe-dia. Hay personas, en su mayoría adolescentes o jóvenes (y algunos otros por fuera de este grupo etario) que sostienen que se autoperciben como animales, se hacen llamar “terianos” o “teriantropos” y se identifican como ciertos animales que, así lo manifiestan, integran su espíritu, o su psiquis, o ambos.
Esta ¿cómo llamarla? “cualidad autopercibida” la expresan con caracterizaciones y disfraces pero no solamente así, también con actitudes y conductas afines al animal, ya no representado, sino integrado con el ser del sujeto.
No voy a entrar en cómo se originó esta tendencia ni a emitir un juicio de valor al respecto porque no considero que sea este un espacio pertinente para ello, sino simplemente lo menciono porque, jugando a volver en el tiempo, por ejemplo a principios de la década del 80, cuando tuve la suerte de conocer a Mario Morales, poeta y maestro de poetas, en tiempos de globalización en pañales, etapa final de la guerra fría, sin teléfonos celulares ni internet y sus ingentes derivados, traté de imaginar qué hubiese pensado Mario al respecto. Lo veo bajando un poco la cabeza y mirándome por encima de sus anteojos, gesto que
anunciaba una ironía o una confidencia, que en este último caso anticipaba con el preaviso: “esto es inter nos”.
Ante la interpelación podría haber preguntado, con una sonrisa cómplice, en qué tradición se alineaban los poetas terianos. De ese Mario Morales, que vio la luz en Pehuajó en 1936, de muy sólida formación filosófica, poeta poco transitado salvo por sus discípulos y amigos, y por algunos más, de una erudición enorme, cuya alta poesía, contrariamente a lo que muchos creen, es lo suficientemente vasta como para ser caratulada únicamente como neorromántica (allá ellos los clasificadores a la carta, que vaya uno a saber con qué profundidad leyeron o siquiera conocen en detalle su obra), por qué no decirle también vanguardista (ver un reportaje a Jorge Aulicino)1, que salvo esta opinión y la honrosa excepción hecha de la poeta María Julia de Ruschi con su excelente volumen “La distancia infinita”, (Fondo de Cultura Económica, 2012) donde cuenta en un minucioso y detallado análisis de la obra de Morales, trabajo que se recomienda fervientemente, no sólo para los que quieran saber quién era Mario Morales sino para quienes lean poesía con la pasión que merece este autor, bien, de este Mario Morales, cuyos libros publicados ya son inconseguibles, voy a referirme únicamente a la persona del poeta, en la medida en que me fue posible conocerlo (conocer: verbo difícil de conjugar aun en primera persona) entre los años de 1983 y su muerte, ocurrida el 29 de enero de 1987. Sobre las experiencias de Poesía=Poesía y los grupos Nosferatu y Último Reino las referencias ya citadas hablan lo suficiente. Diré solamente que asistí a su taller literario, entre 1983 y 1985, que fui uno de sus amigos en los últimos años de vida y que participé también de las que fueron las últimas reuniones de los viernes, sus mentadas reuniones de los viernes, también que compartimos, en anima-dos grupos de amigos y talleristas, no pocas comidas en bodegones próximos a sus casas (la primera en Ortega y
Gasset y Av. Luis María Campos y luego la de Av. Santa Fe y Carranza).
* Alberto Boco: Escritor argentino (Buenos Aires, 1949)
1 “Mario Morales o el neo romanticismo inexistente”, Jorge Aulicino, en la revista digital Poesía Argentina, dirigida por Jorge Villa, 2014.
