Letras

Trilce: “Escribo, luego no existo”

Por  HECTOR J. FREIRE
(Poeta Prof. de Literatura)

“Los dioses habían condenado a Sísifo a rodar sin cesar
una roca hasta la cima de una montaña desde donde
la piedra volvía a caer por su propio peso.
Había pensado con algún fundamento que no hay
castigo más terrible que el trabajo inútil
y sin esperanza” (A. Camus) 

 

 En su ensayo sobre el absurdo (El Mito de Sísifo) Albert Camus nos presenta un acápite de Píndaro que sintetizaría, a modo de clave o punto de partida el leit-motiv de la poesía de César Vallejo:

“Oh, alma mía, no aspires a la
vida inmortal, pero agota el
campo de lo posible”.

(PINDARO—PITICA III)

De esta manera tomamos lo absurdo no como conclusión, sino como principio para conformar una hipótesis sabre la poesía de Vallejo.
Para Camus, “juzgar que la vida vale o no vale la pena de que se la viva” es responder a la pregunta fundamental de la filosofía. Este intento de respuesta o “agotamiento del campo de lo posible” como marca la cita de Píndaro, es lo que Vallejo nos propone en su discurso poético, pero no como resultado de un análisis intelectual, sino desde la intuición. Sus poemas son un verdadero enfrentamiento con la totalidad de lo que hay. Una metafísica instantánea que da en un breve poema una visión del universo, el secreto de un ser y de una cosa, todo a la vez.
Como reacción ante el carácter insensato de lo contingente, sus versos aparecen como un aullido semántico ante y desde la inutilidad del sufrimiento humano, en un mundo que apaga las ilusiones y donde el hombre es siempre un exiliado; de ahí que esos juegos formales, esas rupturas sintácticas las que Vallejo somete al lenguaje, no sean el producto antojadizo y exótico de un poema decadente que se divierte con las palabras, sino la única y gran respuesta que el poeta puede darnos: su asombro frente al divorcio entre el hombre y su vida, entre el lenguaje y la cosa. Su asombro de sujeto escindido que ha sido sobrepasado y no comprende.
Desde este conflicto el lenguaje del poeta emerge trucado, encantado. A medida que nos descubre un aspecto nuevo del objeto nombrado parece que las palabras se nos escapan, que no son enteramente los instrumentos dóciles y triviales de la vida cotidiana y que nos revelan otros matices de sí mismas. De modo que la lectura de Trilce parece con frecuencia una oscilación inquieta entre el objeto y la palabra. Hay una preocupación original en Vallejo que pasa por la NOMINACIÓN, y al final no se sabe bien si es la palabra el objeto o es el objeto la palabra.
Sin embargo su poesía tiende a convertirse para el lector en una máquina poderosa que reemplaza ventajosamente las antiguas maneras de pensar.
El libro Trilce de Vallejo hace notar la carencia interpretativa que, por medio de una especie de mimetismo retórico se encuentra atrapado en la trampa de un lenguaje que no se deja calificar.
Conferir un “sentido” a Trilce es permanecer en un campo de lectura que transforme radicalmente la aparición de una escritura, comparable con la invención de una lengua inédita que es preciso ante todo aprender para hablar de ella o, mejor dicho, realizar la otra experiencia: la de DESAPRENDER, de dejar trabajar a la recomposición imprevisible que el olvido impone a la sedimentación de los saberes, de las culturas, de las creencias que uno ha atravesado,
Esta experiencia tiene un nombre eminente: SAPIENTIA: ningún poder, un poco de saber y el máximo de sabor.
Poesía que se articula como fuera de la lengua particular en la que se desplaza, poesía capaz, sin tocar la evidencia de la lengua que la recibe, de matar llevándola a un segundo plano de eficacia.
Poesía que es un “grabado ahuecado” si se puede decir, y que tiene por meta la de acabar con la representación, el signo, el concepto sin los cuales parece que nuestra cultura no puede concebir una realidad.
Texto que significa un vuelco total. De burla al hombre-espectador frente a la extravagante perspectiva de las cosas, y de aquí desembocamos en una completa ruptura que abarca el contenido y el lenguaje a la vez.
La imagen se vuelve exclamación, grito: lo expresado ya no es anécdota sino esencialidad: todo confluye para manifestar un estado en que el destino del hombre está en crisis.
En Trilce asistimos a una lucha desesperada entre el espíritu del hombre y un esfuerzo por expresar esa situación mediante una poesía en estado naciente. Ella es entonces el principio de una simultaneidad esencial en donde el ser más disperso, el más desunido conquista su unidad.
La transmutación de lo real en la obra de Vallejo se establece por un mecanismo de interacción dialéctica entre el hombre y el mundo que lo rodea. El mundo modifica al artista, pero éste, a su vez, deja su marca sobre el mundo.
La calidad de asombro hace de lo cotidiano una manifestación admirable y humilde de lo absurdo.
Ella rechaza la duda, su objetivo es la verticalidad y la profundidad; esa intuición estabilizada prueba, que su instante poético tiene una dimensión metafísica.
Texto destinado a desempeñar el papel de un verdadero “jeroglífico” revelador de test proyectivo hacia la inminencia de un cambio tal que las palabras ya no son palabras, ni las cosas que significan, ni esa significación, sino otra cosa, una cosa que siempre es otra.
El primer efecto ante el acercamiento textual a Trilce es el de poner en evidencia la cuestión del Nombre.
El instante poético no resiste el grado de tensión a que está sometido, y la palabra se destroza, se transforma.
Acaba de esta forma con la rigidez del lenguaje, último resorte del autoengaño del hombre.
Este mecanismo de policondensación de las palabras, de sensual atracción de las palabras por su similitud fonética conduce a una verdadera búsqueda de la PALABRA. Por este procedimiento la palabra pierde su uniformidad de significado, la fría vaciedad que se produce por el desgaste del uso cotidiano, para lograr una violencia de contenido, una recuperación de sus potencias mágicas como signo.
Las palabras, manejadas como signos convencionales, momifican las ideas, encierran el pensamiento, y se muestran impotentes para expresar la necesidad del hombre.
El instante poético logrado por Vallejo en Trilce es necesariamente complejo: conmueve, demuestra, invita y consuela, es sorprendente y familiar. Se diría que a veces es como una mirada, un gesto, una actitud apenas esbozada que desarrollan una elocuencia superior a la del lenguaje común.
En su palabra sólo queda como validez la connotación latente, la pasión o el ánimo del instante único e irrepetible.
Por eso en Vallejo la vida se presenta como un “sentimiento” absurdo, el poeta más que razonar sobre este concepto, siente que el mundo es así, que le genera no una angustia intelectual, sino visceral, y si quiere un tanto
animal:

“Absurdo, sólo tú eres puro”.
(Trilce LXXIII)

El mundo para César Vallejo no es un Cosmos sino un Caos. Este caos en contraposición con lo racional está regido por el Azar -que junto al sentido el absurdo y la orfandad- configuran los temas obsesiones de toda su producción.
Para el poeta peruano la existencia misma es un juego, donde el hombre es obligado a jugar y a jugarse, pero sabiendo de antemano que indefectiblemente va a perder.

“Dios mío, prenderás todas tus velas,
y jugaremos con el viejo dado…
Tal vez ¡Oh jugador! al dar la suerte
del Universo todo,
surgirán las ojeras de la Muerte,
como dos ases fúnebres de lodo…
(Los dados eternos – de los Heraldos Negros)

Vallejo expresa en sus poemas a ese mundo en estado de fragmentación y ruptura, ese mundo que es un verdadero “imperio del añico”, de ahí esa curiosa y genial presentación formal de los poemas que componen a Trilce, donde el signo más interesante es el de la heterogeneidad. Vallejo juega, experimenta, investiga, quiebra y destruye un lenguaje homogéneo y lógico, se coloca en el límite, más allá de los marcos del aquí y el ahora que le asigna el lenguaje, para construir una obra realmente más íntegra y total.
Ante esa realidad que lo hace sentir extranjero, y donde hasta el nacer es una verdadera desgracia, ya que le es siempre ajeno, Vallejo opone sus poemas, como una síntesis del juego dialéctico entre un contenido crítico-dramático y esa maestría formal inigualable.

“Cuándo vendrá el domingo bocón y mudo del sepulcro;
cuándo vendrá a cargar este sábado
de harapos, esta horrible sutura
del placer que nos engendra sin querer
y el placer que nos DestieRRa!
(Trilce LX)

Es conveniente recordar, que la palabra “existencia” empieza con el prefijo “ex” y que éste posee una doble acepción en la medida en que puede indicar una salida, un abandono y una pérdida, o bien expresar un salto. Vallejo es precisamente de esos artistas que se propone transformar el “ex” liberador en un “ex” no liberador e invertir la inmersión en la existencia en una salida fuera de la existencia, con el fin de proyectar al hombre fuera de sí y permitirle todas las uniones imposibles.
Bajo esta óptica lo fragmentario y lo absurdo en Vallejo deben entenderse como conceptos complementarios. La voz de lo absurdo implica la existencia de una realidad cuyos datos se presentan ante los sentidos fragmentados, desmembrados, desintegrados del contexto.
El absurdo, entendido de esta forma, expresa la sensación de lo irreal, de aquello que aparece casi inaccesible a la razón, el sentimiento del extrañamiento. Pero paralelamente, el señalar una realidad que así se presenta exige por lo tanto de una ideología que proporcione esa unidad de sentido. En tal contradicción se debate la escritura vallejiana.
De tal modo la experiencia sensible y las representaciones aceptan la capacidad de su selección e imposibilidad de extensión. Pero, el paisaje que ejerce su dominio ante los ojos del poeta semeja un río de aguas disonantes, tonalidad de un mundo que ha iniciado el camino de la guerra: en Vallejo se expresan y oponen infinitos sonidos. Así las oposiciones múltiples y simultáneas generan en sus poemas, una suerte de tensión.
Un fonema puede ser la imagen acústica a la cual se asocian combinaciones de palabras o variaciones desinenciales, que expresan el absurdo: estructuras simultáneas de distintos estados anímicos.
El poeta percibe, Vallejo percibe un mundo cuyos datos expresan el desorden, agrieta su corazón dejando escapar un latido de rebeldía frente a la hostilidad de las sensaciones.
La exaltación del yo se transfiere en Trilce a un yo solidario. Pero esta conciencia que “escribe y luego no existe”, no cede terreno, hiere el corazón y los oídos, dirige nuestra sensibilidad y nuestra razón hacia la absurdidad.
El absurdo es entonces una relación de conocimiento a través de la imagen inventada también es nexo emocional, un nudo de emoción.
El absurdo en Vallejo es pues formal y sustancial. Así el ruido, la seguridad de una variación fonemática o el sacudón rítmico de la belleza alucinada nos sorprende. Vallejo funda su ontología en la sencillez de los elementos que trabaja hasta llevarlos al plano de la exaltación y del sentido.
Allí está el absurdo poético, dimensión del lenguaje no exenta del creador primitivo, pero muy común en nuestro tiempo.
No es casual que el fragmento sea la forma que mejor refleja la realidad del sujeto vallejiano. Más que una semilla, sus poemas son unas partículas errantes que sólo se definen frente a otras partículas, no son nada si no son una relación. Construcciones siempre en movimiento por la misma ley de oposición complementaria.
Son ese lenguaje en su unidad contradictoria, donde el “yo no soy tú y el tú eres mi yo”.
El fragmento es siempre la misma realidad plena, siempre el mismo tejido que se teje al destejerse.
Hay en Trilce un cierto erotismo del escribir y una cierta asimilación al sacrificio. En el sacrificio hay fragmentación del cuerpo, reparto del cuerpo, festín del cuerpo del lenguaje. Pero al mismo tiempo en cada uno de esos poemas-fragmentos se encuentra la totalidad.
Trilce en este sentido es un simultáneo donde la escritura cubre pero a la vez desnuda. Una forma que sin cesar se destruye y recomienza.
Frente a lo absurdo que deshizo la antigua imagen del mundo no creando otra, la poesía de Vallejo intenta por medio de lo fragmentario componer una imagen integral y plena. Su paradoja, su ambigüedad radica en poseer el cuerpo del lenguaje como una totalidad que se fragmenta, cada fragmento alude a los otros, que de alguna manera contiene a la totalidad.
La obra de Vallejo se refiere a la situación servil del ser humano bajo el pesado yugo de un destino que lo sujeta a muerte. La inconcebible elisión del sujeto y del “verbo”, verdadero sujeto indefinido de su poesía. “Escribo, luego no existo…”
Certeza ésta directamente vinculada con el sufrimiento humano, que aparece como injustificado e inexplicable, y que persiste a lo largo de toda la obra como un “NUCLEO DE ANGUSTIA”: Una intuición ontológica de orden universal en la que se revela el estupor del hombre que constata a diario su abandono y su orfandad.
A lo largo de sus tres libros de poemas, Vallejo nos expresa:

“Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo…”
(espergesia—Los Heraldos Negros)
“…mayoría en el dolor sin fin
y nuestro haber nacido así sin causa”
(Trilce XXXIV)
“Yo no sufro este dolor como César Vallejo.
…Hoy sufro desde más abajo.
Hoy sufro solamente”
(Voy a hablar de la Esperanza – Poemas Humanos)

Así no trata de explicar el sufrimiento, sólo se limita a constatarlo sin referirlo a nada, irrumpe sacudiendo su estructura interna, alterando los nexos lógicos de la gramática, rompiendo en síntesis el logos-centrismo del pensamiento.
Se trata de una presencia irracional y oscura del sufrimiento dada inmediatamente en la existencia. Esta presencia irracional representa en Vallejo un centro de gravitación en torno al cual gira un sistema de símbolos y de intuiciones que abren un tono cada vez más urgente, más ansioso, más dramático, que culminará en la interrogante sobre el destino del hombre y sobre sus vínculos que lo atan a la realidad.
Esta presencia también posee un carácter fáctico, que tiende a ilustrar y ocultar el tono de interrogación y búsqueda en cuanto al Ser, y de constatación brutal cuando el poeta habla de la condición humana y de la existencia empírica.
En Trilce, todo concepto implica una fuga, fuga de aquello sin lo cual su afirmación sería imposible, ya que abstraer es, ante todo, sustraer.

Pero no una fuga que sería una estampida o un empobrecimiento residual de una realidad más rica, sino una fuga que se quiere ascensional a fin de llegar a tomar la esencia de la existencia más allá de los existentes mismos.
La poesía de Vallejo aparece como una presencia inevitable, inherente al vivir, como un abismo y un vértigo que es imposible no constatar, en el cual el hombre se precipita, a pesar de todo. Hay sin embargo esa última fuga, un impulso que intenta elevarse hasta el principio del que toman su ser todos los seres. No para aspirar a la vida inmortal, pero sí para agotar el campo de lo posible.

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