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Espectáculos – Alfredo Alcón, el actor de la utopía

Por  OSVALDO ANDREOLI*

 

 

En los 90´ del siglo pasado, junto con el fin de la historia se anunció la caducidad de las utopías. La concepción hegemónica acentuaba el consumismo como fórmula de la felicidad, junto con los mitos de la fama y la fortuna. Esa filosofía del bienestar, wellness, presenta a la infelicidad como una culpa. Su elemento ideológico demoniza a los débiles, a los incompetentes sin mérito para triunfar. Aparece un nuevo conformismo, un malentendido acerca de la libertad individual. Es la subjetividad atomizada, el emprendedurismo y el miedo a la exclusión. Un tormento detrás de la careta del éxito. No hay escrúpulos en el mundo del espectáculo.

A contragolpe resurgió la idea de la utopía, la capacidad de soñar. La esperanza no es ilusoria ni fácil optimismo, sino la certeza de que algo tiene sentido, pese a la incertidumbre sobre su resultado. En boca de nuestro actor: “Esta sociedad nos requiere optimistas, no esperanzados. El optimismo sirve para tapar, tapa agujeros. La esperanza es dolorosa, hay que luchar”. Lo dijo en una audición de 1994.

Alfredo Alcón participó en procesos culturales y movimientos artísticos. Tanto en el plano teatral como en el cinematográfico. Seguir el hilo de su trayectoria permite reconocer a las generaciones con las que convivió. Y su proyección actual.

Su indignación ante las injusticias tuvo impronta ciudadana, incluyendo  el conflicto social y político. Participó en Teatro Abierto, una resistencia cultural bajo la dictadura. Adhirió a la ampliación de los derechos civiles, y se solidarizó con los maestros y las madres, en actos públicos y gestos artísticos.

Por último, abordó la distopía en Final de partida de Beckett, consustanciado con la degradación civilizatoria y la decadencia física y existencial. Lo absurdo es la pérdida del sentido. Es el tema de la obra, que alcanzó un supremo sentido estético. Su mensaje surge desde lo negativo. Y una década después, en nombre de la libertad, avanza un fascismo cultural.

Lo revulsivo de Alcón es su movimiento utópico interior. El idealismo moral, su admiración por las obras de arte canónicas, la valoración de los talentos emergentes, su lucha por aproximarse a los personajes arquetípicos de la escena.Toda admiración enaltece la personalidad, es lo contrario de la envidia.

Repetía que “las grandes obras nunca las hacés bien, son como ejercicios de humillación”. Su búsqueda era constante, disconforme con lo establecido. Y adujo “El que encuentra rápido es porque busca poco”. Esto lo distinguía de los conformistas consagrados.

Sintió la inminencia de una revelación “El teatro debería ser una especie de escuela de todas las tendencias de hombres y mostrar desde sus abismos más terribles, hasta su felicidad más extrema. A través  del ejemplo de otro se pueden sacar muchas conclusiones sobre sí mismo. Los grandes autores siempre proponen algo. El arte no es una revelación sino la inminencia de una revelación. Muestra que hay una parte de cada uno de esos personajes que tienen que ver con uno mismo. La energía fluye de piel a piel. Y la base de esa corriente es el pensamiento del poeta”.

El valor de su palabra se escuchó arriba y abajo del escenario. Con sus declaraciones públicas, salió al cruce de la vorágine desinformativa. Hasta con su muerte logró, por un momento, barrer las noticias basura de los medios.

En época de funciones leía todos los días la obra que interpretaba; “Suponer que uno conoce todo de su personaje y no volver sobre él es una limitación de la mente”…”Es como decir que vi la Capilla Sixtina de Miguel Ángel y creer que eso es suficiente. La  vi, sí, pero con aquel espacio de la mirada que lo enfocó en aquél momento”.

Mientras ensayaba La muerte de un viajante de Arthur Miller, obra que desmitifica el “sueño americano” del progreso individual, denunció que “debe haber una mejor manera de vivir que no sean 12 horas de trabajo, 15 días de vacaciones, te jubilás y luego te morís.Es una manera pobre para los pobres y pobre para los ricos, que están a la defensiva con murallas y vidrios polarizados. Nadie está cómodo. Y deberíamos estarlo”. Eso se publicó en  2007. ¿Qué pensaría hoy, cuando están en tela de juicio hasta las vacaciones y el aguinaldo? Y entonces agregaba: “Yo creo en la más utópica de las utopías. Por eso hay que intentar, siempre. Hacer Shakespeare, por ejemplo, es un ejercicio de humillación, porque nunca vas a llegar ahí. Pero ese esfuerzo te hace crecer”.

“Antes de subir a escena tengo un miedo terrible. Llego bastante antes al teatro porque no hay ninguna seguridad, ninguna certeza. Uno sabe que la palabra que más te puede lastimar, solamente vos te la podés decir. Los demás sólo pueden merodear ese lugar. Ese espacio entre lo que uno hace y uno quiso hacer es esa nostalgia de la perfección que dice que las garantías no existen”

Sin embargo, lo recordamos en Israfel de Abelardo Castillo, con la dirección de Inda Ledesma. Se estrenó en uno de los tantos teatros desaparecidos, el Argentino de la calle Bartolomé Mitre. La escena culminante del “delirium tremens” del poeta Edgard Poe, fue un suceso largamente comentado.

Su anticipo de Hamlet en TV batió un record de audiencia. Algo hoy impensable. Su posterior versión teatral convocó a espectadores ávidos de verlo y escucharle decir lo que estaba prohibido en la calle. “En este país se puede sonreír siendo un canalla” era una réplica que despertaba murmullos en la sala.

En Los caminos de Federico incorporó nuevos matices al recitar Doña rosita la soltera, con una gama de inflexiones que revelaron sus facetas desconocidas. Y su tributo a García Lorca.

Aquél grado de empatía con el público se corroboró durante las funciones de Enrique IV de Luigi Pirandello. El protagonista ingresa a la media hora del primer acto, y los espectadores del Teatro San Martín cuchicheaban impacientes. Los aplausos coronaron su presencia en el escenario. Otro tanto ocurrió en Filosofía de vida, de Juan Villoro. Actuaba sentado en una silla de ruedas, por motivos de salud. En el momento en que se paraba era ovacionado, en todas las funciones.

Sus prestaciones en roles shakespereanos enriquecieron afectivamente el vínculo filial paterno con la hija. Tanto entre Próspero y Miranda en La Tempestad, como entre Lear y Cordelia en Rey Lear.

En la farsa escénica Variaciones Goldberg de George Tabori, su monólogo final  seguía siendo comentado después del espectáculo, en la demora del público que lo esperaba en la Avenida Corrientes. 

Aseguró que en el teatro siempre eligió las obras. No así en el cine, donde tuvo repercusión en películas de Torre Nilsson, como Martín Fierro y El santo de  la espada. Caracterizó desde un personaje donjuanesco y enfermizo  en Boquitas Pintadas, basada en la novela de Manuel Puig, hasta el diablo gaucho de Nazareno Cruz y el lobo, dirigido por Leonardo Favio. Sólo para mencionar destellos de una lista cuantiosa.

En 2014 partió hacia una dimensión legendaria. El actor Joaquín Furriel, que fue supartenaire en Final de Partida, considera que empezamos a tener una edad cultural como país. “Que yo pueda hablar de Alfredo Alcón y tenerlo presente es una manera de acercarlo a las nuevas generaciones. Eso se llama tradición”. Y cada vez que puede, trata de compartir lo que significaba Alfredo como actor. Se trata de enfrentar la ansiedad y el exitismo. Es el caso de los jóvenes cegados, inmersos en  teléfonos que  destruyeron su identidad. Ajenos a un pensamiento crítico. En estos tiempos de un sistema  muy bien pensado para liquidar las posibilidades creativas e intelectuales de las personas.

 

*OSVALDO ANDREOLI: Escritor, poeta, periodista, crítico cultural, directivo de la Asociación de Críticos Musicales de la Argentina.(ACMA). Actualmente conduce la audición La escenaVirtual en FM 91.1 Radio Amadeus. Fue colaborador de Página 12, La Razón, Tiempo Argentino, El Gran Otro, etc. Creó programas en Radio Nacional Clásica y Radio Municipal, Radio Cultura y Amadeus. Egresado de la carrera de Régie en el ISA del T.Colón. Cursó la carrera de Filosofía en la UBA.

Autor de Alfredo Alcón, El actor de la utopía.Ed.Leviatán.

Egresó de la carrera de Régie del Instituto Superior de Arte del Teatro Colón. Se formó en actuación, ópera y puesta en escena con maestros como Raúl Serrano, Francisco Javier, Margarita Wallman, Peter Brook y Pola Suárez Urtubey, entre otros.

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